Cada vez me convenzo más que las explicaciones son un esfuerzo inútil
que al final hacen más daño que bien.
Ya me cansé dar explicaciones, no porque no se las merezca alguien,
sino porque para que la explicación sea buena, válida o aceptable, debe sonar exactamente
igual a lo que la persona a quien se la doy quiere escuchar.
Y ahí está el problema, la mayoría de las personas tiene ya en su
mente una sinfonía de palabras que según su director es la razón para tal o
cual proceder. Llegamos a una discusión con respuestas definidas más que con
preguntas genuinas.
Gastamos megatones de energía en prepararnos para destruir esta o
aquella explicación, en vez de solo llegar con una mente abierta y dispuesta a
entender.
Es en ocasiones tan inútil explicar porque simplemente tu verdad no
es mi verdad, porque lo que para mi es importante para ti no lo es y viceversa.
Es muy frecuentemente inútil porque hay
cosas que simplemente dejamos de hacer porque nuestro estado anímico así lo
decide, porque sí, a veces nuestras emociones se imponen a nuestra razón.
Si, ¿quién explica lo que no entiende? ¿Quien explica lo que sabe no
fue una decisión del cerebro?
Si, ya me cansé de dar explicaciones, porque cada vez que las doy
siento el juicio y no la aceptación. Me cansé de esas miradas inquisitivas y
despiadadas, del desmembramiento de la explicación, solo con el propósito de
satisfacer lo imposible. Me cansé de que interese un pito poder entender y que
solo se escuche un eco susurrando en el ambiente un veredicto…
Al final del día quien llega a conocerte, te aprecia (¿sino te aprecia
para que tanta molestia?), quien te aprecia te acepta y te comprende y por lo
tanto no te pide explicaciones.
Claro está, si yo lo digo quizás sea cierto, pero Si tu lo dices es…
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