Juzgar es más fácil que sumar uno más uno. Solo se necesita un cerebro
(por pequeño que sea) y par de ideas (no importa cuán estúpidas sean).
Es asombrosa la capacidad de juzgar que tenemos, la capacidad de
examinar la conducta de otros, escudriñar entre escombros de vivencias para
llegar "justamente" a nuestras propias conclusiones.
Es tanta nuestra habilidad que ha trascendido sus propios límites al
punto de convertirse en hábito, en cotidiano, es más, ya es parte del DNA
físico que define nuestra existencia.
Es tan grande nuestra obsesión con juzgar que ya no queremos
información, es tan grande nuestro empeño que se nos olvidó que existen
razones, que existen motivos, que todo pasa por una razón y que nada es
casualidad.
¿Y quién soy yo para juzgar? Nadie… solo estoy en esos días en que
quisiera que dejáramos de hacerlo, si supieran que a veces es mejor
juzgarse uno mismo que juzgar a otros, por la única razón de que empiezas a
entender que quizás no tengas razón…que quizás no mereces ser jurado, mucho
menos juez. Quizás hay demasiada ropa sucia en tu canasta, como para pretender
pasar juicio sobre la canasta del vecino.
No deberíamos juzgar, porque simplemente nadie es perfecto, aunque muchos
así lo crean. Si eres popular no implica perfección, es quizás que la gente ha
preferido valorar más tus bondades que tus defectos.
Irónicamente al escribir esto juzgo a muchos, sin conocer sus razones,
por eso me incluyo, por eso me juzgo. Pero claro tengo en cuenta que la verdad
es manipulada, que la evidencia en ocasiones es circunstancial y que no todo lo
que brilla es oro… así juzgan en el juzgado y así y peor, pretendemos juzgar.
Pero qué más da, seguiremos juzgando, porque simplemente juzgar es
fácil… lo difícil es entender.
Claro está, si yo lo digo quizás sea cierto, pero Si tu lo dices es…
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