domingo, 6 de noviembre de 2016

Que explique otro...si quiere.

Cada vez me convenzo más que las explicaciones son un esfuerzo inútil que al final hacen más daño que bien.

Ya me cansé dar explicaciones, no porque no se las merezca alguien, sino porque para que la explicación sea buena, válida o aceptable, debe sonar exactamente igual a lo que la persona a quien se la doy quiere escuchar.

Y ahí está el problema, la mayoría de las personas tiene ya en su mente una sinfonía de palabras que según su director es la razón para tal o cual proceder. Llegamos a una discusión con respuestas definidas más que con preguntas genuinas.

Gastamos megatones de energía en prepararnos para destruir esta o aquella explicación, en vez de solo llegar con una mente abierta y dispuesta a entender.

Es en ocasiones tan inútil explicar porque simplemente tu verdad no es mi verdad, porque lo que para mi es importante para ti no lo es y viceversa. Es muy frecuentemente inútil porque  hay cosas que simplemente dejamos de hacer porque nuestro estado anímico así lo decide, porque sí, a veces nuestras emociones se imponen a nuestra razón.

Si, ¿quién explica lo que no entiende? ¿Quien explica lo que sabe no fue una decisión del cerebro?

Si, ya me cansé de dar explicaciones, porque cada vez que las doy siento el juicio y no la aceptación. Me cansé de esas miradas inquisitivas y despiadadas, del desmembramiento de la explicación, solo con el propósito de satisfacer lo imposible. Me cansé de que interese un pito poder entender y que solo se escuche un eco susurrando en el ambiente un veredicto…

Al final del día quien llega a conocerte, te aprecia (¿sino te aprecia para que tanta molestia?), quien te aprecia te acepta y te comprende y por lo tanto no te pide explicaciones.


Claro está, si yo lo digo quizás sea cierto, pero Si tu lo dices es…

Juguemos al jurado

Juzgar es más fácil que sumar uno más uno. Solo se necesita un cerebro (por pequeño que sea) y par de ideas (no importa cuán estúpidas sean).

Es asombrosa la capacidad de juzgar que tenemos, la capacidad de examinar la conducta de otros, escudriñar entre escombros de vivencias para llegar "justamente" a nuestras propias conclusiones.

Es tanta nuestra habilidad que ha trascendido sus propios límites al punto de convertirse en hábito, en cotidiano, es más, ya es parte del DNA físico que define nuestra existencia.

Es tan grande nuestra obsesión con juzgar que ya no queremos información, es tan grande nuestro empeño que se nos olvidó que existen razones, que existen motivos, que todo pasa por una razón y que nada es casualidad.

¿Y quién soy yo para juzgar? Nadie… solo estoy en esos días en que quisiera que dejáramos de hacerlo, si supieran que a veces es mejor juzgarse uno mismo que juzgar a otros, por la única razón de que empiezas a entender que quizás no tengas razón…que quizás no mereces ser jurado, mucho menos juez. Quizás hay demasiada ropa sucia en tu canasta, como para pretender pasar juicio sobre la canasta del vecino.

No deberíamos juzgar, porque simplemente nadie es perfecto, aunque muchos así lo crean. Si eres popular no implica perfección, es quizás que la gente ha preferido valorar más tus bondades que tus defectos.

Irónicamente al escribir esto juzgo a muchos, sin conocer sus razones, por eso me incluyo, por eso me juzgo. Pero claro tengo en cuenta que la verdad es manipulada, que la evidencia en ocasiones es circunstancial y que no todo lo que brilla es oro… así juzgan en el juzgado y así y peor, pretendemos juzgar.

Pero qué más da, seguiremos juzgando, porque simplemente juzgar es fácil… lo difícil es entender.


Claro está, si yo lo digo quizás sea cierto, pero Si tu lo dices es…